Info

Entra. Cierra la puerta y tira la llave. Estás dentro. Esta es tu sociedad. Disfruta del lugar donde café y cultura convergen.

Facebook Twitter Instagram Spotify Spotify

Archive for noviembre, 2013

Nadie creyó que fueran verdaderos. Eso fue lo que sucedió cuando Banksy montó un puesto ambulante al lado de Central Park para vender sus obras a 60$, que nadie creyó que fueran originales.

Con esta controvertida acción, Banksy reflexiona sobre la lógica del mercado del arte y sobre el valor de las obras. Su último grafitti se subastó en Londres por 194.000€ mientras que él los vendía, con certificado de autenticidad incluido, a 60$ en la calle.

Desconocemos si pretendía reafirmar su lado alternativo o demostrar que no pertenece a “ese” tipo de artistas que sólo buscan el éxito y el dinero; ya que éxito y dinero no le deben faltar. Banksy, que se caracteriza por sus piezas satíricas sobre política, cultura pop y moralidad combinando graffiti y stencils, es autor de cientos de obras callejeras, exposiciones en el Moma, el Bristish Museum o la Tate Modern, varios libros e incluso una película documental.

Imagina, crea, ensucia, reivindica, denuncia e inspira. Así es Banksy, desde luego, todo un referente.



 

Roland Lamb estaba tocando el piano de la cafetería del Royal College en Londres, mientras pensaba en otras formas físicas de interactuar con él e imaginaba el sonido que producirían.

Así fue como creó el “Seaboard”, un nuevo instrumento musical que aúna tecnología, innovación y sensibilidad.

La start-up desarrolladora del ingenioso instrumento, llamada Roli y encabezada por Roland Lamb, está afincada en Londres. Está especializada en el desarrollo de hardware y software diseñados para incrementar la interacción entre las personas y la tecnología.

Todo un reto superado con creces con este maravilloso “Seaboard”, que aporta no sólo una nueva experiencia sensorial al tocarlo sino un abanico de nuevas posibilidades sonoras que ya ha cautivado a artistas como Jamie Cullum.



Dicen de Kerouac, Bukowski y demás beatniks de la época – hipsters, los llamaríamos hoy en día- que eran escritores de bar. Dicen que no era extraño encontrar a Picasso o Dalí en el rincón de algún café. Y es que los bistrós, bares y cafeterías han sido y serán siempre lugares de creación.

A cualquiera que preguntéis el porqué (yorokobu, por ejemplo) os podrá dar buenas razones: es por la música, porque desconectas del trabajo, de la rutina y del espacio habitual de trabajo, es por la camarera o camarero de turno, o quizás porque las conversaciones ajenas inspiran… Lo cierto es que sobran las razones.

Así que ya lo sabes, si estas bloqueado, estresado o procrastinando hasta el infinito, no lo dudes, acércate a la cafetería más cercana, pide un café y deja que el aroma y la cafeína activen tu mente. Algo empezará a girar en tu cabeza, alguna pieza encajará con la siguiente y de repente estarás listo para pensar, crear, escribir, componer o dibujar.

No vamos a asegurar que con un Blackzi bien hecho te convertirás en Hemingway porque eso seria exagerar… O quizás no… ¿Quién sabe?

Encuentra tu lugar de inspiración.

Blackzi The Coffee Society

Según la leyenda urbana, “Gloomy Sunday” es la canción del suicidio. Si un amante no correspondido oye la canción, buscará la ventana más cercana para despeñarse en busca de la muerte… Si bien es cierto que su autor, el húngaro Rezső Seress se suicidó en 1968, no fue él quien compuso la letra sino László Jávor. La oscura fama de este tema proviene de mucho antes del suicidio de Seress: de los años 30, cuando llegó a Estados Unidos y una campaña de marketing la instaló en el subconsciente colectivo como “La Canción Húngara del Suicidio”.

Su impacto fue tal en la juventud de Hungría que el índice de suicidios se disparó, sobre todo cuando comenzaron a aparecer en los periódicos las historias de jóvenes que se arrojaban al Danubio con su partitura en las manos. Las autoridades prohibieron la difusión radiofónica de la canción pero esta publicidad consiguió el efecto contrario: la canción se hizo popular en otros países.

Fue grabada en francés, en ruso, en japonés y, finalmente, en inglés. Billie Holiday la grabó en 1941 con ese tempo lento que la ha convertido en un standard; la compañía discográfica montó una campaña para venderla inventando el mencionado y controvertido título de “La Canción Húngara del Suicidio”.

Con los años el magnetismo y misterio de este tema le han valido numerosas versiones, Elvis Costello, Portishead o Björk son algunos de los artistas que la han interpretado.